A punto de coger unos días de vacaciones, esta semana reflexiono para el Observatorio sobre algunas de las grandes preocupaciones de nuestro tiempo. O, por lo menos, lo son para mi yo-profesional.
Asistimos con preocupación a la posible regresión de derechos fundamentales para la comunidad LGTBI, para las mujeres, para la población migrante, racializada y solicitante de protección internacional, entre otros grupos sociales, y, ante la creciente polarización política, los discursos de odio agravan aún más este panorama.
Sin embargo, en medio de estos enormes desafíos se abren pequeñas ventanas de oportunidad ya que, en mi opinión, somos la primera generación con la capacidad y los recursos para erradicar la pobreza y las desigualdades, pero también la que podría, si no actuamos con responsabilidad, destruir el planeta. Es paradójico.
Leía con atención un artículo de eldiario.es de esta semana en el que se daba luz a estas problemáticas como eje eje central del reciente Festival de las Ideas y la Cultura (#FIC), organizado por elDiario.es, y no puedo más que coincidir en el análisis de la convergencia existente entre el diagnóstico y en las propuestas necesarias para construir un futuro diferente a través de una transformación profunda de nuestro sistema económico y social, alejándonos de un capitalismo salvaje que solo beneficia a unas pocas personas.
Vuelvo con mi argumente permanente e insisto por enésima vez en que el cambio organizacional en las empresas es un proceso continuo y necesario si quieren saber adaptarse a un entorno en constante evolución.
Según mi punto de vista, la transformación digital juega un papel crucial en este proceso porque la digitalización no solo optimiza los procesos internos y mejora la eficiencia, sino que también abre nuevas oportunidades para innovar y mejorar la experiencia de la clientela. En consecuencia, la IA o el análisis de datos, por poner dos ejemplos muy en boga, permite a las empresas tomar decisiones informadas y personalizar sus servicios para satisfacer mejor las necesidades de su clientela. Es más, creo que la transformación digital lleva aparejada la capacitación continua de las plantillas.
No es un gasto, es una inversión. Una plantilla con habilidades necesarias mejora la productividad y aumenta la capacidad y el compromiso de las, los y les trabajadores. Pero no sólo la transformación digital importa. Debe llevar aparejada una profunda reforma de la sostenibilidad medioambiental y organizacional.
Creo sinceramente que las empresas tienen la responsabilidad ética y solidaria de reducir su impacto ambiental y adoptar prácticas sostenibles en todas sus operaciones. Es más, no sólo pienso en la reducción de sus emisiones de carbono o en el uso eficiente de sus recursos para minimizar los residuos. Pienso en cómo pueden fomentar la sostenibilidad medioambiental a través de sus cadenas de suministro. Y, es que, un enfoque sostenible no sólo beneficia al medio ambiente, mejora claramente la reputación de la empresa, llegando a poder diferenciarse o liderar mercados competitivos.
Y, sí, la gestión de la diversidad e inclusión LGTBI, en general, y, particularmente, la gestión de la D&I en términos generales es a mi juicio otro pilar esencial en la transformación organizacional porque, y no quiero repetirme con esto, múltiples investigaciones han demostrado que la diversidad en el lugar de trabajo conduce a una mayor creatividad, innovación y toma de decisiones informadas. Por no decir, que también, que las organizaciones que apuestan por la D&I retienen y atraen talento.
Para finalizar esta reflexión final pre-vacacional, este año quiero centrarme también en una cuestión global: la lucha contra la pobreza es una de las mayores responsabilidades sociales de las empresas.
Ante el debate generado por el modelo heleno de aumentar las horas de trabajo o la jornada laboral, tenemos la obligación de recordar que la pobreza no solo afecta a las personas y las comunidades sino que tiene un impacto negativo en la economía en general. Aquí, la RSC empresarial juega un papel crucial en la reducción de la pobreza, la creación de empleo, el apoyo a la educación y la promoción del desarrollo económico local, por poner algunos ejemplos muy visuales.
Además, si como ya he comentado en múltiples ocasiones, las empresas colaboran y se alían con ONG y gobiernos para desarrollar programas que aborden las causas subyacentes de la pobreza (o cualquier otra causa) aumentará el apoyo a la educación y la capacitación profesional, la promoción de la igualdad de género y la inversión en infraestructuras y servicios básicos.
Vayámonos de vacaciones siendo exigentes en nuestras miras empresariales. Que la ambición no sea únicamente económica porque la transformación organizacional, la adopción de la tecnología, la sostenibilidad medioambiental, la gestión de la D&I LGTBI y la lucha contra la pobreza son componentes interconectados de un nuevo paradigma empresarial.
En lo que a mi respecta, tengo claro que me enfrentaré a resistencias y que el ir hacia este futuro – que ya el presente – no será fácil, pero es un viaje que debemos emprender desde nuestros puestos de trabajo, desde cada empresa y desde cada organización.
Director del Observatorio
