Qué las personas LGTBI tenemos problemas de salud mental no es ninguna novedad, ahora bien, amiga, no los tenemos porque seamos LGTBI+, los tenemos entre otras cuestiones, pero fundamentalmente, por la lluvia fina (ya también por los chaparrones) de odio y discriminación que vivimos a diario.
¿Lo digo yo? No, la verdad es que tan solo me remito a lo dicho por la conservadora Comisión Europea que en su informe anual sobre la implementación de la estrategia de igualdad para el periodo 2020-2025 detecta un “aumento considerable del acoso motivado por el odio contra las personas LGTBIQ”, que pasa del 37% en 2019 al 55% el pasado año, es decir, un incremento de 18 puntos en cuatro años.
Agresiones que afectan, como siempre, a las personas personas más vulnerabilizadas: las trans binarias y no binarias, las de género diverso y las intersexuales. Todo ello, según el documento publicado por la Comisión Europea, que se basa en buena medida en los datos recabados a través de la encuesta de la Agencia de Derechos Fundamentales de la UE (FRA) de la que ya dimos buena cuenta este verano en tres entradas consecutivas de nuestras Plumas bajo el rótulo T-contamos: “LGTBIQ en una encrucijada”.
Cuando te interesa un mínimo la realidad de la comunidad no ves con sorpresa cómo la mayoría (63%) de las personas LGTBI nos encontramos con frecuencia declaraciones de odio en Internet; cómo ha aumentado el bullying LGTBIfóbico del 46% al 67% o cómo existe también un aumento de la discriminación de las personas intersex que buscan empleo (31% frente al 27% de hace cuatro años).
Irene Casto redactó el pasado día 25 de septiembre un fantástico artículo para eldiario.es donde ahonda en estas cifras.
Si echamos la vista atrás recordaremos (o quizás, no, ya os lo recuerdo yo a continuación) cómo Carmelo Romero, diputado del PP le gritó a Inigo Errejón, diputado de Más Páis, “¡Vete al médico!” después que el segundo exigiera al Gobierno de Coalición PSOE- Unidas Podemos que el sistema de salud público atendiera más y mejor la salud mental. Luego pidió disculpas en Twitter, ahora X, que es como se hacen las cosas en política actualmente.
Es probable que tampoco nos acordemos de que siendo Defensor del Pueblo interino, Francisco Fernández Marugán (20/07/2017-18/11/2021), ya se inició una actuación de oficio con el Ministerio de Sanidad, con todas las comunidades autónomas y con el Instituto Nacional de Gestión Sanitaria para conocer si la oferta de atención psicológica clínica existente en la sanidad pública se adecúa a las verdaderas necesidades de la población porque las quejas recibidas en la Institución reflejan una más que insuficiente presencia de profesionales de la psicólogos en los centros especializados de salud mental.
Y si, ¡oh sorpresa! esta carencia de profesionales ha provocado la situación que estamos viviendo actualmente: hoy día es habitual que los tiempos entre consulta y consulta puedan alargarse más de nueve meses no sólo para primeras atenciones, sino también para tratamientos que requerirían una periodicidad mucho mayor.
La falta de profesionales de la psicología en el sistema público de salud se sumaba a la también carencia de profesionales de psiquiatría, ambas ratios, muy por debajo a la media de la UE.
La población general y, especialmente desde aquellas intervenciones de Errejón, que puso la salud mental en el centro del debate político, es uno de los asuntos pendientes del Estado desde 2017 que parece no avanzar. Y todo ello, a pesar del gran esfuerzo que realizan las, los y les profesionales y las entidades sociales de apoyo a pacientes de salud mental.
El el caso de nuestra comunidad, la LGTBIfobia hace mella en nuestra salud mental. El odio constante, las narrativas anti-género, anti- LGTBI, las continuas referencias al lobby gay, a la propaganda queer, a la ideología de género como causante de los males del mundo acaban acrecentando la violencia y el acoso que recibimos que repercuten directamente en nuestra salud mental.
Nuestra salud mental en parte puede ser frágil, y aquí me remito de nuevo al maravilloso artículo de Irene Castro porque el sistema es frágil lo que en definitiva nos hace vulnerables y lo hace exponencialmente.
Yo siempre he dicho que, al final, la LGTBIfobia es como una especie de lluvia fina que vas soportando porque, aunque incómoda, la puedes gestionar porque piensas que son cuatro gotas. Pero nada más lejos de la realidad. Esa lluvia fina, que no cesa nunca, acaba empapando tu ropa y calando en tu cuerpo y tu mente y eso pesa, pesa ya mucho. La LGTBIfobia, lectoras y lectores es también una cuestión de salud pública
Director del Observatorio
