Esta semana, y con motivo del 11 de octubre, día de la salida del armario, reflexiono sobre la salida desde la salida del armario desde el enfoque interseccional feminista que invade el Observatorio. Y lo hago porque este mismo prisma nos obliga a repensar la narrativa única y simplificada que se ha construido en torno a la idea de «salir del armario».
Desde el Observatorio creemos que en ciertos contextos salir del armario puede ser un acto de resistencia política y una afirmación de identidad pero en otros muchos contextos ese acto se convierte en un ¿privilegio? inaccesible. Es por ello que consideramos importante analizar de manera crítica las múltiples capas de opresión y privilegio que tenemos las comunidades LGTBI a nivel global, porque si no somos capaces de interseccionar realidades y respuestas no podremos avanzar.
¿Salir del armario es un acto de resistencia al sistema? ¡Por supuesto!
Últimamente escuchamos a muchas personas – y no sólo de la comunidad, que es más grave si cabe – animar a otras a «salir del armario», es más, ya hasta existe un día en el Norte Global (el 11 de octubre) en el que se celebra salir del armario en tanto que es un acto liberador, empoderante y un paso hacia la autoafirmación y el reconocimiento social de la identidad.
Sin embargo, esta narrativa positiva pasa por alto un elemento crucial en nuestra opinión, «salir del armario» no es una opción disponible ni segura para todas las personas de la comunidad ni mucho menos una obligación universal. Y, es que, en muchos contextos, es impensable porque podría resultar en la pérdida de derechos fundamentales e incluso de la vida misma.
Es por ello por lo que consideramos – o cuanto menos cuestionamos – si salir del armario es o no un privilegio de poder. Nuestra respuesta es sí, en tanto en cuanto intersecciona con otros ejes de opresión como la etnicidad, la clase, el género, la ubicación geopolítica y la religión, entre otros.
De manera esquemática, desde el Observatorio animamos a la reflexión hoy en torno a unos puntos que consideramos interesantes:
Uno. El armario es una construcción sociopolítica. Preguntémonos cómo surge el concepto de closet, de armario, de ocultación y también de protección. Reflexiones entre todas, todos y todes sobre las narrativas coming out y la validación personal y política.
Dos. La comunidad LGTBI no es homogénera. Hagamos un trabajo introspectivo y realista de las comunidades de las que formamos parte y leamos, entre otras, la obra de Kimberlé Crenshaw, para entender cómo la perspectiva interseccional nos permite entender las múltiples capas de opresión que nos afectan, pues no sólo somos personas LGTBI y como aquéllas con mayores recursos económicos, educación o acceso a redes de apoyo tienen más posibilidades de salir del armario de manera segura frente a las que dependen de empleos precarios, viven en situaciones de pobreza o forman parte de sectores marginalizados.
Tres. Las comunidades racializadas, especialmente en contextos poscoloniales, se suelen enfrentan a desafíos adicionales en términos de visibilidad sexo-genéricos debido a los cruces de opresiones étnico-raciales, culturales y sexuales. Interioricemos y visibilicemos cómo las personas trans binarias y no binarias se enfrentan a barreras aún mayores para salir del armario o, simplemente, visibilizarse.
Cuatro. El sur global existe. Mientras que en el norte global capitalista se ha normalizado la idea de que salir del armario es un paso hacia la liberación personal, no se tiene en cuenta la realidad o los contextos políticos, sociales, culturales y económicos del sur global, con lo que no llega la crítica a la imposición de estándares occidentales sobre las realidades LGTBI en otras partes del mundo.
Cinco. Salir del armario es un acto político en sociedades democráticas y ser disidente sexo-genérico en sociedades donde los derechos LGTBI están protegidos puede convertirse en una afirmación política y cultural, pero relativicemos este hecho. No podemos entender que salir del armario sea un acto de resistencia en espacios donde no persiste una discriminación sistémica a la que – en cuanto te enfrentas a ella – se presenta de manera heroica. Entre otras cosas, lo que conseguimos con ello es generar presiones adicionales para quienes no pueden o no desean salir del armario.
Seis. La violencia estructural es real, pero el riesgo vital de salir del armario también lo es. “Salir del armario” en muchas zonas del mundo puede significar el exilio, la cárcel o la muerte. No podemos olvidar que existen legislaciones anti-LGTBI en África, Asia y Oriente Medio. Cómo están avanzando también en EEUU y en parte de Europa oriental y cómo éstas regulan la vida pública y privada de las personas LGTBI, haciendo imposible o peligrosísimo cualquier intento de visibilidad. No podemos olvidar cómo las religiones conservadoras y fundamentalistas imponen normas que borran las existencias LGTBI, forzando a muchas personas a mantenerse en el armario para evitar la exclusión social, familiar o religiosa.
Siete. Salir del armario no es un evento. Como sociedad debemos reflexionar sobre cómo el «coming out» no es un acto único ni definitivo, sino un proceso personal, indivual, continuo y cambiante que se da a lo largo de toda la vida de una persona LGTBI, dependiendo de los contextos y las relaciones en las que se encuentre.
En resumen, desde el Observatorio celebramos la visibilidad, porque es sabido que lo que no se ve no existe, pero también animamos a analizar sobre el poder decidir si salir o no del armario es, en sí mismo, un privilegio que no todas las personas tienen, y cómo esta elección está condicionada por una multitud de factores políticos, económicos y culturales.
Sí, las personas LGTBI debemos poder vivir nuestras vidas sin miedo a represalias o violencia por el hecho de ser como somos, pero tengamos en cuenta también los contextos, siempre los contextos.
Director del Observatorio
