El activismo y el voluntariado, de manera general suelen confundirse entre sí y también suelen confudirse con otro concepto que poco tiene que ver con ellas: el voluntarismo. En mi opinión, las diferencias entre sí son abismales, tanto en motivación como en implicación.
Las personas voluntarias – quienes participan por propia voluntad y sin contraprestación económica – colaboran con una entidad sin ánimo de lucro con la que comparten objetivos y manera de imaginar el mundo; lo que las entidades definimos en nuestra “misión, visión y valores”. Dicho de otra manera, las personas voluntarias comparten ese sueño transformador de la entidad y colaboran para, todas juntas y democráticamente, transformar la realidad social en la que convivimos.
El voluntariado es cambiar el mundo, y está presente en nuestra sociedad a través de múltiples expresiones y relaciones. Es también transversal y diverso, tanto en los orígenes e inquietudes de las personas que lo realizan como en colectivos de personas beneficiarias o en ámbitos.
Sí, hacer voluntariado es asumir un compromiso con la sociedad y apostar decididamente por valores como la libertad, la justicia o la tolerancia siempre en el marco de la dignidad de la persona por el mero hecho de serlo,
Por otro lado, con voluntarismo no me refiero tanto a lo que Schopenhauer significaba como la preeminencia a la voluntad sobre el entendimiento sino más bien a esa especie de «actitud benevolente» que muchas personas tienen en mente sobre lo que significa el voluntariado y el activismo.
Para mí, el activismo no es un pasatiempo o un hobby con el que adornar un currículum o alimentar un ego altruista; es un compromiso radical con causas sociales que exige esfuerzo, constancia y sacrificios que, por cierto, no son pequeños.
En mi opinión, a diferencia del voluntariado, donde se puede colaborar de forma intermitente o en función del tiempo libre que cada cual tenga, el activismo devora horas, energías y, en muchos casos, relaciones personales.
A mi el activismo, como ya he manifestado en más de una ocasión, me lo dio todo (me ayudó a situarme en el mundo, me dio una familia elegida, me ofreció parejas y amistades y me abrió la mente), pero también renuncié a eventos de mi otra familia, a momentos con mis parejas, a reuniones con otras amistades y un largo etcétera. Porque en el activismo siempre hay algo más importante: una manifestación, una asamblea, una causa que requiere atención urgente. Y, aunque muchas veces no se diga en voz alta, esos sacrificios pesan. No es una cuestión de hacer un par de buenas acciones al mes. Es convertir la lucha social en una forma de vida. El activismo no se ajusta a una agenda flexible; es más, se respira cada día y a cada minuto.
En mi opinión, el activismo no tiene la flexibilidad del voluntariado ni ese «buen rollo» intermitente porque, entre otras cosas, te saca de la cama en plena madrugada para responder a una crisis o te obliga a plantarte ante injusticias cuando preferirías estar en casa leyendo un buen libro.
El voluntarismo, en mi opinión es esa versión desinflada del compromiso social y es hacer las cosas «de buena fe» pero sin involucrarse realmente, sin llegar a sentir que lo que está en juego y hacerlo sin herramientas, sin metodología y sin respaldo organizacional. Es el «bueno, yo ayudo en lo que pueda, pero tampoco es para tanto».
El activismo no es perfecto, pero es efectivo. Y, más allá del activismo, están las prácticas eficientes de la política institucional, aquélla que desde el activismo se critica tanto pero que es la que de verdad provoca cambios reales. Cambios que sí impactan en la sociedad y en las propias comunidades. Y esto es así porque – de momento- en las instituciones se cuenta con la legitimidad, con los medios y con los recursos y, como ha sucedido en los últimos años con el – por ejemplo – activismo LGTBI, el puente del activismo a la política institucional ha sido clave en la mejora de muchas políticas.
Director del Observatorio
