La tolerancia de una democracia hacia la desigualdad es una cuestión que debería, a mi juicio, estar en el centro del debate político de manera permanente y lo creo así porque hablar de desigualdad es hablar de políticas estructurales, de alta política. Es abordar algo fundamental y complejo que nos compete a todas las personas: el país, su rumbo y su gestión.
En Aragón, también en el Estado y en la UE, el sistema democrático se ha asentado sobre la base de ideales de igualdad, justicia y participación. Sin embargo, en la práctica, el país, el Estado y la UE se encuentran con desigualdades constantes en cuestiones económicas, sociales, políticas y culturales a las que no enfrentan eficientemente.
Reflexionar sobre esta cuestión no es únicamente pensar de manera crítica sobre cuestiones morales, es una cuestión práctica o de eficiencia que nos afecta personal y colectivamente: ¿cuánta desigualdad puede soportar Aragón antes de que sus fundamentos comiencen a erosionarse?
Humildemente, creo que cualquier democracia moderna puede tolerar cierto grado de desigualdad, pero éste debe estar limitado a un nivel que no vulnere la igualdad de oportunidades, rompa la cohesión social o restrinja la participación. Y, si nos fijamos, estos tres ejes son sobre los que la extrema derecha, avalada y apoyada por la derecha, basa su discurso de ataque a quienes no piensan de igual manera.
Sí, cuando las brechas sociales se agrandan e impiden a la ciudadania tener acceso igualitario a derechos y servicios, la democracia pierde legitimidad y la ultraderecha gana.
Sí, cuando la desigualdad extrema se percibe, genera frustración, polarización y desconfianza hacia las instituciones, debilitando el contrato social. Y el fascismo se posiciona como solución útil.
Sí, cuando hay grupos sociales sistemáticamente excluidos, marginados o que ven sus derechos cuestionados constantemente, la democracia se convierte en un sistema representativo para algunas personas, pero no para otras, alejándose de su propósito original. Y aquí la derecha extrema vence también.
Y cuando el fascismo vence y la desigualdad se enquista, la democracia se empequeñece y deja de ser una solución.
Ya lo hemos visto estos días en EEUU, Argentina, Italia, Hungría… De nuevo, sí, en contextos sociales de alta desigualdad, las élites económicas tienden a influir en las decisiones políticas, desviándolas de los intereses generales hacia los intereses particulares; esto, en parte, sucede a la par que esas mayorías descontentas perciben que sus intereses no están siendo representados, llevando a un desinterés o rechazo hacia el sistema democrático: y por eso la extrema derecha vence.
Si bien es cierto que ahora existe una bonanza económica palpable en el país, no es menos cierto que el Gobierno de Aragón, y, en concreto, su presidente, aprovecha las fracturas sociales causadas por la desigualdad para consolidar sus apoyos, como hace su homóloga en la Comunidad de Madrid con su discurso y sus prácticas políticas.
La prensa aragonesa todavía no habla de esto, en parte porque son de una línea política muy próxima, pero tampoco se habla porque todavía no han cuajado o consolidado verdades protestas sociales. La gente todavía piensa que sus problemas cotidianos son únicos y poco compartidos, pero tan solo hay que escuchar un poco a quien tienes al lado para darte cuenta de que no estás sola, solo o sole.
Que la derecha del Estado – a diferencia de la derecha alemana, por ejemplo – se apoye en partidos de extrema derecha para gobernar en los territorios lo que está provocando es una tolerancia real a la desigualdad, en vez de ser lo que debería ser, una herramienta para reducirla.
En mi opinión, priorizar el bienestar general de la población pasa por fortalecer el Estado de Derecho porque una democracia como la que merecemos en Aragón no puede tolerar los niveles de discriminación existentes en la actualidad. Y porque el Gobierno de Aragón tampoco puede comprometer los principios de igualdad de oportunidades, derechos y representación. Y, ojo, esto lo digo siendo consciente de que el sistema esta generando bajo la premisa de que ciertos niveles de desigualdad son inevitables, especialmente en términos económicos, como ya dije antes.
¿Aprobará el Presidente Azcón sus presupuestos?, ¿Cuánta vida le queda al Gobierno de Aragón antes de claudicar ante la extrema derecha para aprobar sus presupuestos?, Y, si no da su brazo a torcer, ¿cuándo serán las próximas elecciones en el país?
Las fuerzas políticas en Aragón están acelerando sus procesos internos de cara a una posible convocatoria electoral en 2026 pero que estos hechos no nos impidan ver la cuestión principal: la democracia del país, del estado y en la UE está en juego.
Desde el Observatorio hemos dicho por activa y por pasiva, en alto y de manera clara, en las calles y en las instituciones que la desigualdad no puede seguir siendo una realidad, que estamos ante un umbral crítico y que estamos aquí para acompañar a las instituciones a reducir estos niveles de violencia.
Esta semana hemos conmemorado, como cada 27 de enero desde 2005, el Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las víctimas del Holocausto, una efeméride que fue instaurada por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2005 en ocasión del 60° aniversario de la derrota del régimen nazi y de la liberación de los campos de concentración nazis.
Tengamos memoria. Defendamos la democracia.
Director del Observatorio
