Socialización de la comunidad queer: por qué lo relacional también es político

Es cuanto menos curioso que cuando se habla de vínculos, afectos y soledad en la comunidad queer, muchas voces lo hagan sólo y exclusivamente desde el punto de vista de la intimidad o la privacidad sin entrar de lleno en el paradigma político de las realidades LGTBI+. 

Las formas en las que nos relacionamos los seres humanos no surgen en el vacío, ni responden únicamente a decisiones individuales, sino que están profundamente condicionadas por estructuras sociales, históricas y culturales. Esto mismo, sucede con nuestra comunidad, que ha vivido durante décadas qué significa ser y vivir como persona LGTBI+. 

En este sentido, resulta imprescindible entender que la forma en la que la comunidad LGTBI+ hemos socializado, lejos de responder a una evolución espontánea, responde a un proceso profundamente condicionado por la exclusión. Un proceso que, incluso hoy en día en el país, marca profundamente nuestra forma de socializar. 

Durante décadas, las personas LGTBI+ no hemos tenido acceso pleno a las estructuras tradicionales de socialización (cis-heteronormativas), especialmente aquellas vinculadas a la familia, la escuela o el entorno comunitario más inmediato. Es más, la violencia, el estigma y la necesidad de ocultamiento han operado como fuerzas estructurales que han limitado tanto nuestra expresión de la identidad, como nuestra posibilidad de construir vínculos socio-afectivos en condiciones de seguridad. Nuestra socialización, por tanto, ha sido en gran medida reactiva: nos hemos encontrado en los márgenes, en los espacios donde era posible existir sin ser señaladas, construyendo relaciones no tanto desde la elección libre, sino desde la necesidad compartida de protección y reconocimiento.

Sin embargo, sería reduccionista por mi parte afirmar que nuestra socialización ha estado exclusivamente determinada por la reacción o la necesidad. Incluso en contextos profundamente hostiles, la comunidad queer hemos ejercido márgenes de elección, generando vínculos que respondían a la protección, pero también al deseo, a la afinidad y a la construcción consciente de comunidad. 

Si bien es cierto que esos espacios de elección han estado históricamente limitados y condicionados —relegados a determinados entornos, tiempos o códigos—, no han sido inexistentes. De hecho, una de las características más importantes de la socialización del colectivo ha sido precisamente la capacidad de convertir espacios restringidos en lugares de encuentro, donde lo relacional se defendía y también se elegía. En la actualidad, con una mayor disponibilidad de espacios, discursos y marcos de reconocimiento, esta dimensión electiva se ha ampliado y diversificado, aunque sigue atravesada por inercias y estructuras que condicionan cómo, con quién y desde dónde nos vinculamos, como comenté en otra pluma o reflexión centrada en el sexilio

La realidad queer ha supuesto, en muchos casos, una ruptura con los marcos tradicionales de pertenencia. La familia, que para gran parte de la población funciona como primer espacio de socialización afectiva, ha sido históricamente un lugar de conflicto o de expulsión para muchas personas LGTBI+. Como consecuencia, la construcción de vínculos se ha desplazado hacia otros momentos vitales y hacia otros espacios, a menudo más tardíos, más inestables (aunque con muchos matices) y más condicionados por la búsqueda de seguridad y libertad. Un desplazamiento que ha implicado que tengamos que aprender a relacionarnos en contextos donde el vínculo aparece atravesado por la urgencia, la incertidumbre y, en muchos casos, por la falta de referentes previos sobre cómo construir relaciones sanas y sostenidas en el tiempo.

Dicho todo esto, reducir esta historia a una lógica de carencia sería también, por mi parte, profundamente injusto. Y, es que, frente a la exclusión, la comunidad queer ha sido absolutamente resiliente y hemos desarrollado una enorme capacidad de agencia, generando nuestras propias redes, espacios y formas de relación. Porque lo que no existía en las estructuras tradicionales cis-heteronormativas ha sido construido colectivamente, dando lugar a familias elegidas y comunidades de cuidado, entre las que se encontraban los colectivos y organizaciones LGTBI+. Unos espacios estos últimos que, aunque siguen siendo fundamentales para la supervivencia y el bienestar del colectivo, ya no funcionan únicamente como redes de apoyo emocional, material y simbólico.

En la actualidad, las formas de socialización con las que contamos combinan elementos de continuidad y cambio, pero no lo hacen de manera homogénea dentro de la propia comunidad. Las aplicaciones de contacto por geolocalización, por ejemplo, han ampliado enormemente las posibilidades de encuentro, sí, pero su uso, sus códigos y sus impactos varían muchísimo en función de las realidades que las atraviesan. 

No se utilizan ni se experimentan igual en espacios mayoritariamente habitados por hombres gais, bisexuales y otros hombres que tienen sexo con hombres (GBHSH), donde han tendido a consolidarse dinámicas más inmediatas, centradas en el contacto rápido y con menor anclaje relacional, que en entornos donde se mueven mujeres lesbianas y bisexuales o personas trans, donde, con todos los matices necesarios, suelen aparecer otras formas de interacción, otros ritmos y otras expectativas en torno al vínculo.

Esta diferencia no es menor, porque pone de manifiesto que no existe una única forma de relacionarnos dentro de la comunidad queer, sino múltiples formas atravesadas por el género, la experiencia vital y las propias trayectorias de socialización, entre otros aspectos. En cualquier caso, la inmediatez, la hiperdisponibilidad y la posibilidad constante de conexión han introducido una lógica relacional que, con mayor o menor intensidad según el espacio, tiende a transformar los ritmos y las expectativas de las relaciones, generando escenarios donde el vínculo puede volverse más efímero y difícil de sostener.

En este contexto, comprender cómo hemos aprendido históricamente a relacionarnos —y cómo esas formas se expresan de manera desigual dentro de la propia comunidad— resulta fundamental para analizar por qué determinadas prácticas, como el ghosting o la inestabilidad relacional, no son anomalías aisladas, sino expresiones situadas de un modelo de socialización que sigue arrastrando, aunque de formas diversas, las huellas de su origen. Sobre esto, en todo caso, habrá que detenerse con más profundidad en otro momento.