Es cuanto menos llamativo que, todavía hoy, cuando hablamos de diversidad dentro del colectivo LGTBI+, la experiencia de las mujeres lesbianas siga apareciendo en los márgenes del discurso, como si fuese una derivada secundaria de una realidad que se ha construido, en demasiadas ocasiones, desde “el hombre”, desde lo mal llamado “masculino”.
Este hecho ni es una casualidad ni mucho menos un olvido puntual por parte del activismo queer; es una consecuencia directa más de una estructura patriarcal que reproduce dentro del propio colectivo las mismas jerarquías que decimos combatir fuera. Por eso, hablar de visibilidad lésbica es una cuestión profundamente política que interpela directamente a cómo distribuimos el reconocimiento, la voz y el poder dentro de nuestra propia comunidad.
Las mujeres lesbianas estamos y hemos estado siempre presentes. Hemos sostenido espacios, construido redes, articulado militancias, generado discursos y cultura y tejido comunidad en contextos donde muchas veces ni siquiera se nos nombraba. Pese a ello, nuestra presencia constante ha convivido con un borrado no siempre explícito, que se ha manifestado en la falta de referentes públicos, en la invisibilización de nuestras relaciones, en la hipersexualización desde la mirada externa o en la infantilización de nuestros vínculos y opiniones. Dicho de otra manera, hemos sido y seguimos siendo víctimas de una violencia estructural que combina, cuanto menos, machismo y lesbofobia.
Hemos sostenido espacios, construido redes, articulado militancias, generado discursos y cultura y tejido comunidad en contextos donde muchas veces ni siquiera se nos nombraba.
Este desplazamiento y doble discriminación, además de simbólica, se traduce en desigualdades en el acceso a derechos, en la falta de atención adecuada en el sistema sanitario, en la ausencia de políticas públicas específicas o en la reproducción de estereotipos en el ámbito educativo, laboral o deportivo. Hablar de visibilidad, por tanto, no puede reducirse a una cuestión de representación política, que también. Implica necesariamente hablar de condiciones de vida, de sexualidad sin tapujos, de dignidad, de justicia y de muchas formas de ser. Implica reconocer que las experiencias lésbicas han sido históricamente invisibilizadas incluso en espacios que se presentan como inclusivos.
En este punto, resulta imprescindible introducir una mirada interseccional porque ni existe una única forma de ser lesbiana, ni una única experiencia que pueda representar al conjunto.
Las realidades lésbicas son tantas como mujeres lesbianas existen y atraviesan múltiples variables como la edad, el nivel adquisitivo y formativo, el territorio, el origen, la clase, la discapacidad, el color de piel, la lengua o las características sexuales, entre otras. Las lesbianas jóvenes que buscamos referentes en un contexto de hiperexposición digital no vivimos la misma realidad que aquéllas que crecieron en el silencio o en la censura. Las mujeres que habitan el medio rural enfrentan desafíos distintos a quienes vivimos en entornos urbanos. Las lesbianas con discapacidad, racializadas, migrantes o trans experimentan capas adicionales de discriminación que complejizan aún más su posición dentro y fuera del colectivo. Y otras tantas situaciones. Por lo tanto, ignorar esta diversidad supone reproducir nuevas formas de exclusión dentro de un discurso que busca lo contrario.
En mi opinión, existe además una tensión que no puede obviarse y es la que se produce cuando la propia comunidad queer reproduce dinámicas jerárquicas internas. Sí, durante demasiado tiempo, el hombre (cis, gay, blanco y de mediana edad, especialmente) ha funcionado como referencia implícita en los relatos queer, lo que ha provocado que las experiencias de las mujeres lesbianas queden relegadas, que nuestras aportaciones se invisibilicen y que nuestras necesidades específicas no se sitúen en el centro de la agenda política. Por esto mismo, considero que no puede haber un movimiento sólido si dentro de él se replican las mismas desigualdades que denunciamos hacia fuera.
Sí, durante demasiado tiempo, el hombre (cis, gay, blanco y de mediana edad, especialmente) ha funcionado como referencia implícita en los relatos queer, lo que ha provocado que las experiencias de las mujeres lesbianas queden relegadas, que nuestras aportaciones se invisibilicen y que nuestras necesidades específicas no se sitúen en el centro de la agenda política.
En este sentido, la visibilidad lésbica es una herramienta de transformación en tanto en cuanto se trata de ocupar espacios y redefinirlos; de cuestionar qué voces se escuchan, qué relatos se construyen y qué experiencias se legitiman como representativas y también implica recuperar una memoria colectiva inclusiva, reconstruyendo genealogías y poniendo en valor referentes que nos permitan situarnos en la historia.
Las generaciones más jóvenes hemos heredado un contexto con mayores niveles de reconocimiento, pero también vivimos nuevos desafíos a los que no estamos prestando la atención debida: hiperexposición, cosificación, presión estética, fragmentación de los espacios comunitarios, transformación de las formas de relación, invisibilización, estereotipación…
En el día de la visibilidad lésbica debemos hacer un análisis crítico de la institucionalización del 26 de abril porque en demasiadas ocasiones ha pasado a convertirse por parte del tejido asociativo LGTBI+ en un gesto puntual desprovisto de carga política, continuidad e impacto real. Por esto mismo, hoy es un día perfecto en el que exigir con mayor rotundidad que nunca políticas públicas que respondan a nuestras necesidades específicas, desde la integración de protocolos de atención médica específicos adaptados a las mujeres lesbianas, bisexuales y otras mujeres que tienen relaciones sexuales con mujeres, hasta formación y sensibilización del personal de las instituciones geriátricas, la policía local y otras fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, pasando por la implementación de Planes LGTBI en empresas, programas de formación e información dirigidos a todos los centros educativos o el derecho a protección internacional para mujeres lesbianas que lo solicitan en el Estado español
Es más, en nuestro camino hacia la igualdad creo que deberíamos reclamarnos a nosotras mismas más sororidad, solidaridad, comunidad, resistencia, resiliencia y desobediencia.
deberíamos reclamarnos a nosotras mismas más sororidad, solidaridad, comunidad, resistencia, resiliencia y desobediencia.
En este 26 de abril, desde el Observatorio reivindicamos algo tan básico como profundamente político: seguir manteniendo, como estamos haciendo, a las bolleras en el centro de nuestro quehacer, redistribuir el reconocimiento dentro del propio colectivo y de la propia organización y transformar las estructuras que han sostenido históricamente nuestra invisibilización.
Vocal de transversalidades
