La sociedad occidental actual se ha acostumbrado a identificar la violencia con el ruido, con el insulto explícito, con la amenaza evidente o con el gesto brutal. Sin embargo, algunas de sus formas más eficaces —y de eso la comunidad queer sabe bastante— no hacen ruido. Es más, llegan envueltas en cortesía, en esa “distancia socialmente aceptada” y en una aparente normalidad que las vuelve difíciles de señalar.
Porque sí, hay violencias que no gritan, que no empujan y que no dejan marcas visibles pero ordenan jerarquías, enfrían vínculos y colocan a determinadas personas —casi siempre las más vulnerabilizadas— en un lugar de inferioridad. A esa “forma refinada del daño”, hoy quiero llamarla desdén.
hay violencias que no gritan, que no empujan y que no dejan marcas visibles pero ordenan jerarquías, enfrían vínculos y colocan a determinadas personas en un lugar de inferioridad
Porque el desdén rara vez aparece como una agresión abierta ya que no necesita hacerlo. Funciona mejor cuando se disfraza y se vuelve sofisticado, casi imperceptible. Y precisamente por eso resulta más difícil de cuestionar.
El desdén lo conocemos, aunque no siempre lo nombremos: está en las miradas que clasifican sin decir nada, en las conversaciones donde alguien queda fuera sin que nadie lo explicite, en esa indiferencia que nunca es casual y que siempre recae sobre las mismas personas, en la ironía que se repite sobre los mismos cuerpos, en la condescendencia que se presenta como madurez y en esa forma tan normalizada de tratar ciertas vidas como si fueran prescindibles.
Creo que el desdén no necesita elevar la voz porque su eficacia está en otro lugar: en hacernos sentir que ocupamos una posición menor sin que nadie tenga que decirlo abiertamente. Ésa es su fuerza. Y es así porque ni escandaliza, ni deja pruebas claras y, sin embargo, produce jerarquía, distancia y desafección con una precisión casi quirúrgica.
Hablar de desdén también exige asumir la incomodidad de que ningún colectivo queda automáticamente a salvo de las lógicas del poder por el simple hecho de haber sufrido discriminación. Sabemos que haber sido excluidas no nos convierte, por sí mismo, en espacios libres de reproducir exclusión. Porque allí donde el sistema establece jerarquías —sobre los cuerpos, las identidades, el dinero, la edad o el prestigio— siempre existe el riesgo de que esas mismas escalas reaparezcan, aunque sea bajo otros nombres y con estéticas más amables.
La comunidad queer conocemos bien la violencia explícita: la burla, la agresión, el miedo, la expulsión socio-familiar, el acoso escolar, la discriminación laboral o el señalamiento público forman parte de nuestra memoria colectiva. Y quizá precisamente por eso, por haber aprendido a identificar esas formas tan evidentes, a veces nos cuesta reconocer otras que operan desde la sutileza.
Porque no todo desprecio llega en forma de insulto LGTBIfóbico. A veces llega desde dentro: En espacios que consideramos seguros, revestido de modernidad, de inclusión, de sofisticación o incluso de libertad. Y aquí es donde conviene detenerse.
Si somos capaces de reconocer que ningún segmento de la comunidad está exento de reproducir jerarquías, también debemos asumir que participamos —con mayor o menor conciencia— en la construcción de capitales simbólicos: quién importa más, quién ocupa el centro, quién tiene legitimidad, quién queda fuera. No es cómodo decirlo, pero es necesario.
En mi opinión, ningún proyecto emancipador puede sostenerse sobre silencios cómodos respecto a sus propias contradicciones por lo que si aspiramos a ser una comunidad más justa, tendremos que ser capaces de mirarnos críticamente sin que eso suponga rompernos. En este sentido, la alternativa al desdén no es una idea ¿ingenua? de armonía. Más bien, es algo mucho más exigente: una crítica honesta, constante y compartida; una forma de estar en comunidad que no se conforme con coexistir, sino que aspire a construir vínculos más dignos.
la alternativa al desdén (…) es una crítica honesta, constante y compartida; una forma de estar en comunidad que no se conforme con coexistir, sino que aspire a construir vínculos más dignos.
En este sentido, quizá mi reflexión en esta ocasión se centre ahí, en dibujar el reto: en dejar de entender la disidencia sexogenérica como una suma de siglas, espacios o fechas, y empezar a pensarla como una ética comunitaria. Porque seguimos identificando la violencia con el ruido, pero sabemos —aunque a veces no queramos admitirlo— que algunas de sus formas más persistentes hablan bajo, sonríen, seleccionan y apartan.
Si de verdad queremos una comunidad queer libre, tendremos que aprender también a escuchar ese silencio.
Presidente del Observatorio
