Que hay heridas que no dejan moratones, lo tenemos todo el mundo muy claro a día de hoy. Son aquéllas que no aparecen en una radiografía ni necesitan una agresión física para existir. Son las que se acumulan después de años escuchando que hay algo malo en ti, que debes comportarte de otra manera o que tu forma de ser, de sentir o de amar es mejor mantenerla en secreto.
Esta semana quiero verbalizar mi recuerdo a ese niño que aprendió a controlar sus gestos para que no le llamen maricón cuando ni tan siquiera sabía lo que significaba esa palabra, pero sí conocía sus connotaciones. Me acuerdo mucho también de la adolescente que escucha a su familia decir que la quieren, pero que preferirían que no contase a nadie que es lesbiana. Tengo muy presente a mis amigues trans, que sienten verdadera angustia antes de acudir a realizar un trámite administrativo y también me acuerdo mucho de esas parejas que, sin decirse nada, se sueltan de la mano al caminar por determinadas calles.
Esta semana reflexiono sobre algo que muchas personas queer hemos aprendido desde pequeñas: la sensación de que siempre hay algo en nosotras, nosotros y nosotres que debemos corregir, mejorar o compensar de alguna manera: siempre podemos sacar mejores notas; siempre podemos estar más guapos, más delgados, más fuertes; siempre podemos ser más educadas, más simpáticas, más responsables, más trabajadoras. Siempre podemos hablar más bajo, gesticular menos, vestir de otra manera o intentar no llamar tanto la atención.
Siempre hay algo que mejorar. Siempre algo que demostrar. Como si tuviéramos que compensar con virtudes extraordinarias aquello que otros nos han hecho creer que es un defecto. Como si para merecer el mismo cariño, el mismo respeto o el mismo reconocimiento tuviéramos que ser mejores que las, les y los demás.
En esta sociedad patriarcal (y, por extensión, cis- hetero- monosexista) no basta con ser. Debemos ser brillantes, agradables, impecables. Debemos procurar no decepcionar, no incomodar, no dar problemas. Y así, casi sin darnos cuenta, interiorizamos que debemos acabar convirtiendo nuestra propia existencia en una carrera interminable por conseguir la aprobación ajena.
La comunidad queer sabe muy bien que en demasiadas ocasiones, detrás de esa persona que siempre obtiene buenas notas, que nunca dice que no, que procura caer bien a todo el mundo o que se exige hasta el agotamiento, puede existir alguien que aprendió demasiado pronto que el cariño y la aceptación parecían depender de su comportamiento. Y con esto no quiero decir que todas las personas LGTBI+ vivamos esta experiencia ni que la autoexigencia sea exclusiva de nuestra comunidad. Pero sí merece la pena preguntarnos cuánto de ese perfeccionismo nace del deseo de superarnos y cuánto del miedo a no ser suficientemente aceptadas.
Creo que son el fruto de heridas aparentemente pequeñas pero que algunas están tan normalizadas que apenas las reconocemos como formas de rechazo y que cuando se repiten durante años, dejan huellas muy profundas y dolorosas. Y, es que, debemos seguir explicando que el desgaste emocional que nos produce vivir expuestas al prejuicio, la discriminación o la expectativa constante de ser rechazadas, y sus consecuencias, nos acompañan incluso cuando ya hemos encontrado entornos seguros.
Hay mucha parte de la comunidad que hemos conseguido salir del armario, pero también hay mucha parte que tardamos mucho más en sacar de dentro la vergüenza que otros depositaron en nosotras. Y, ¡Ojo!, que lo verdaderamente doloroso no es ser diferente, sino haber aprendido que esa diferencia puede convertirte en alguien menos digno de amor, respeto o aceptación; lo verdaderamente doloroso es haber interiorizado que esa diferencia puede convertirte en alguien menos digno de amor, respeto o aceptación.
Y como yo considero que lo personal es político lanzo al aire la pregunta de por qué determinados sectores sociales siguen poniendo vanos esfuerzos en ayudar a la comunidad queer a superar nuestras heridas y tan poco en transformar los entornos que contribuyen a provocarlas.
Creo que, por supuesto, quien lo necesite o requiera, tiene derecho a una atención psicológica accesible, especializada y afirmativa. Espacios donde reconstruir la autoestima, procesar experiencias de rechazo y aprender a vivir sin culpa. Pero también la comunidad queer necesita de familias que acompañen sin condiciones, escuelas que protejan, profesionales sanitarios que respeten, instituciones que garanticen nuestros derechos y una sociedad que deje de considerar aceptables determinadas formas de humillación cotidiana. Y, por supuesto también, necesitamos que se deje de transmitir a las personas queer que nuestra aceptación depende de lo mucho que nos esforcemos por merecerla.
Podemos sacar malas notas, podemos equivocarnos, podemos no ser especialmente atractivos, simpáticos o exitosos. Podemos enfadarnos, fracasar, decepcionar y no cumplir las expectativas ajenas y, sobre todo, podemos y tenemos derecho a ser personas corrientes, con nuestras virtudes y nuestros defectos, sin que nada de esto sirva para cuestionar nuestra dignidad.
Las personas queer no necesitamos que nadie nos valide, ni que nos enseñen a soportar mejor el rechazo o que nos convenzan de que debemos convertirnos en nuestra mejor versión para ser aceptadas.
El 29 de noviembre tenemos elecciones generales, con una extrema derecha al alza y desde aquí yo sigo insistiendo en que necesitamos una sociedad en la que nuestra existencia no esté permanentemente sometida a examen porque ni somos nuestras heridas, ni tenemos que ser extraordinaries para merecer lo que a otras personas se les reconoce por el simple hecho de existir.
Presidente del Observatorio
